Miércoles, 14 de Abril de 2010 14:00

De los molinos al desierto

por  vmotor.es
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Tan cerca y tan lejos. Catorce kilómetros de agua que separan continentes, culturas, religiones y geografías tan diferentes entre sí que uno no termina de creer que Marruecos esté ahí, al alcance de la mano, con su vorágine, sus olores, sus colores, sus sabores, sus tiempos, sus gentes, en una lejanía inexplicable para quienes estamos al otro lado de ese Estrecho… Un contraste exultante, arropado por montañas, ríos y desiertos, en el que es difícil sentir como sentimos en nuestro mundo. La vida llevada a la raíz. Sin matices superfluos. Como hace 300 años y, seguramente, como dentro de otros 300. Esta es la crónica de un viaje que se inició un 31 de mayo de 2009, coincidiendo con el Día de Castilla-La Mancha, y culminó el 14 de junio, tras recorrer 4.176 kilómetros en una Kawasaki KLE 500 cc.

Aunque en principio viajaría solo, mi amiga Paz Madrid se apuntó a la aventura sin pensárselo dos veces. Quince días parecían tiempo suficiente para abordar un itinerario fascinante. La entrada al país norteafricano fue por Tánger. En apenas 40 minutos un ferry express atraviesa el embudo del Mediterráneo, dejando atrás los vientos de Tarifa. Tras cruzar la aduana, logramos alcanzar Chefchaouen, enclavada en las estribaciones de la imponente cordillera del Rif.  Desde que dejásemos atrás los molinos de Los Yébenes habíamos recorrido, en esta primera jornada, más de 800 kilómetros. Un entremés asfáltico que nos había conducido hasta la medina azulada de esta “Cazorla” magrebí. Al día siguiente, avanzamos extasiados 160 km. por la carretera que discurre a lo largo del Rif, macizo rocoso que se retuerce al septentrión de Marruecos, desde Tánger hasta la parte occidental de la frontera con Argelia.

Alcanzamos Ketama y, desde allí, comenzamos el descenso hasta Fez, el laberinto inagotable. En su gigantesca medina se mezclan olores, sabores, artesanos, madrazas y turistas desorientados. La visión de los curtidores trabajando las pieles es uno de los grandes iconos de este enclave, declarado Patrimonio de la Humanidad.

Al día siguiente degustamos unas ricas tortillas en Ifrane, a la que muchos llaman “la pequeña Suiza”, un hiperbólico complejo residencial que en nada recuerda al resto del país. Recorrimos el “Circuito de los tres lagos” y el bosque en el que descansa exangüe el cedro Gouraud, un coloso de 800 años. Algo más al sur afrontamos la carretera más bella de todo el país, la que conecta Azrou con Midelt a través de un altiplano idílico, con altitudes próximas a los 2.000 m, y donde el cromatismo y la armonía invade cada palmo del terreno. Era el cielo en tierra. A la mañana siguiente, primer lavado exhaustivo de la moto antes de avanzar por las áridas planicies de Er-Rachidia hasta Merzouga y las dunas anaranjadas de Erg Chebbi. El magnetismo que desprende el desierto es inexplicable. La puesta de sol y, especialmente, el amanecer, nos arrugó el alma. Todo se lo debemos a Hassan, nuestro guía. Un tuareg noble. Un ser libre, amezigh.

Con las emociones del Sahara a flor de piel y el recuerdo de familiares y seres queridos más vivo que nunca, iniciamos una de las etapas más duras: Erfoud-Tinerhir-Gargantas del Todra y del Dadès. Unos escenarios que resultan apabullantes con sus angostos desfiladeros, sus valles inacabables y sus montañas encrespadas. A pesar de las dificultades de la pista de ripio -a casi 3.000 m. de altura- y el calor extremo, logramos culminar la ruta completa por estas dos gargantas, que horadan el pulmón del Alto Atlas. El esfuerzo había merecido la pena.

Dejamos atrás Boumalne y dormimos en Skoura. Necesitábamos avanzar todo lo posible para cumplir con nuestra hoja de ruta, que incluía la visita a la mayestática kasba de Ait Benhaddou, muy próxima a Ouarzazate, y la incursión en Marrakech tras el paso por el valle de Ourika y el trepidante puerto del Tizi-N`Tikna. El colapso permanente que se respira en la ‘ciudad roja’ que da nombre al país se condensa en Djemaa el Fna, la gran plaza. Sus zocos, encantadores de serpientes, restaurantes, charlatanes de toda guisa y el bullicio generalizado suponen toda una explosión para los sentidos.

Por delante aún nos esperaban las cascadas de Ouzoud, Azilal y Ouaouizarht, donde conocimos a Driss, el gran hombre, al que jamás olvidaremos. Después vinieron Khenifra, Meknès, la ruinas romanas de Volúbilis, la generosa hospitalidad de una familia en un punto cualquiera en la carretera hacia Ouezzane y la llegada a Azilah, donde disfrutamos de un baño de luz y descanso a orillas del Atlántico, antes de cruzar nuevamente aquellos 14 kilómetros de agua que nos volvían a separar de un país que nos cautivó hasta el último momento. Faltó por recorrer el sur, así que... ¿quién sabe? tal vez el año próximo regresemos...

Ultima modificacion el Jueves, 15 de Abril de 2010 13:32
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