A pesar de una fibre que me tuvo postrado en cama durante 4 días, las vacaciones estaban pedidas y no estaba dispuesto a quedarme sin días libres por culpa de una inoportuna gripe. El día amaneció lluvioso, pero tal circunstancia no hizo más que empujarme con más fuerza a preparar el equipaje y emprender la marcha. Mes de octubre, temporal sobrevolando media península, salud renqueante... en fin, no era ael mejor comenzo, pero había que intentarlo. Ya se sabe, querer es poder. Y yo quería cumplir con mi sueño de alcanzar los Pirineos después de un largo periplo que comenzaría en tierras lusas.
Sin tiempo que perder abandoné Sonseca (Toledo) y rodé durante las primeras y aburridas horas por la autovía que conduce hasta Plasencia, dejando atrás la Ciudad de la Cerámica y pueblos tan relevantes como Navalmoral de la Mata. Breve incursión en el bonito conjunto historico-monumental de Coria, almuerzo rápido y primeras fotos del viaje. El cielo parece conceder un respiro después del chaparrón continuo que nos ha acompañado durante 300 kilómetros.
De Coria rumbo a Penamacor, tierra de linces, y llegada a Covilha, un enclave precioso que se asienta en la base del Parque Natural Serra da Estrela, el primer gran objetivo de la ruta, con sus majestuosos 2.000 metros de altitud, que le convierten en el punto más alto del Portugal continental, y punto de referencia para los amantes del esquí. Circuito circular a través de Sabugueiro, Seia y Manteigas, donde me hospedo la primera noche. El aire puro de estas magníficas montañas me ha devuelto a la vida, y la ansiedad por un nuevo amanecer repleto de kilómetros y nuevos virajes monteños me impulsan a dormir como un angelito.
Comienza la subida por Guarda en dirección a los Arribes del Duero, un hermoso espacio que sirve de preámbulo a la inconfundible orografía gallega. Accedo nuevamente a España por Verín y Cortegada, lugar en que pasaré la segunda noche.
A la mañana siguiente, una densa niebla dibuja un decorado pintoresco por las carreteras de Ponte Caldelas. Después de llegar a Pontevedra decido bajar hasta Vigo para intentar localizar a Dani, un viejo amigo al que no veía desde hacía 14 años. Y hubo suerte... risas, abrazos y una charla recordando el ayer y el hoy me dibujan la sonrisa con la que llegaría horas más tarde a Santiago de Compostela.
Aunque parezca sorprendente, apenas si permanezco en la ciudad del Apóstol más de 1 hora. Es una ciudad que conozco de otras veces, y prefiero morder asfalto a lo largo de la Costa da Morte. En Espasante me esperan mi prima Elena y su chico, un motero emprendedor que sabiamente me aconseja adentrarme en las montañas interiores de Taramundi, famosa por sus navajas. Su consejo fue todo un acierto.


Por Europa